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MEMORIAS |
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por Neu
Lo confieso bajo suplicio. Suplicio imaginario, pero igual de terrible que uno físico: Lo Amo. Y ese es un sentimiento extraordinario que aún me llena en todo los sentidos… pero no haré la típica de aburrirlos con mi sarta de paranoias porque ‘esto' no pretende ser líneas y líneas de pensamientos y sentimientos perturbadores y aburridos. Si no, más bien, una secuencia de los hechos, sin orden cronológico o racional, que fueron los catalizadores para que las aguas negras de mi pasión se desbordasen.
Primera
Mi deseada “Sombra Voladora”.
-- Mukuro me ha pedido que regrese… parto dentro de dos días.
Sólo puede responder con un escueto ‘Ah'. ¿Qué más quería que le dijese? ¿Qué me alegraba mucho por él? Pues no lo hacía y preferí omitir alguna escena hipócrita. Seguí mirando insistentemente sus ojos… no sé por qué pero es una de las partes que más me gustan de él.
Mientras que yo divagaba entre sus lindos ojos rojos [una inexpresiva cascada bermellón de sangre, danzante y dispuesta a ahogarte en ella], Hiei había provocado sin querer una tentación, dispuesta a envolverme: una simple paleta redonda y de frutilla rodeada por sus deseables labios.
No, no piensen que Hiei había decidido probar por voluntad propia algún ‘placer ningen'… yo lo había obligado, así como lo obligaría hacer muchas cosas después…
-- Invítame – incité antes de siquiera poder darme cuenta yo mismo de que mis labios habían formulado la deseada pregunta. Y es que todo momento pasado con él eran como un poderoso elixir Rubeus que exaltaba todos mis sentidos dejando de lado el pensamiento lógico.
-- ¿Qué? – preguntó Hiei no entendiendo y entrecerrando los ojos, escéptico, lanzándome una mirada de muerte. Lo miré fijamente y él valientemente me la devolvió, como siempre.
El susodicho chupete había quedado a unos centímetros de su rostro, así que un movimiento zorruno me acerqué y aún viendo fijamente sus incandescentes orbes rubíes, comencé a saborearlo, lenta y sensualmente.
La mano que lo sostenía abandonó rápido el palito del dulce y yo sonriendo, como si nada hubiese pasado, lamí y probé la paleta hasta el cansancio, buscando vestigios de la saliva adictiva de Hiei, bajo su mirada despectiva. El descaro es parte de la diversión.
Segunda
Kuronue.
Puede parecer fuera de lugar mencionar a uno de mis antiguos amantes pero es inevitable. He decidido ser literal con lo que pasó por mi mente.
Un recuerdo perdido en las memorias de Youko…
Me abría paso en su entrada bruscamente, sin que ningún sonido saliera de sus labios. Su cuerpo me recibía renuente y sin preparación previa; las pobres y numerosas alas bajo su peso y el mío provocándole dolor; y mis fuertes manos agarrando posesivamente sus caderas dirigiendo sin ninguna clase de consideración los movimientos tan placenteros para mí y dolorosos para él.
Pero Kuronue era subyugado a mí, dejándose pisotear, utilizar y era feliz por eso; dichoso porque entre tantos en los cuales el gran zorro plateado hubiese podido deshacerse de su lujuria, lo había hecho en él.
-- ¡Muévete tú! – exigí mientras que mis largos cabellos caían encima de su rostro, tapando sus ojos inyectados de sangre y lágrimas no dejadas salir.
Y él accedió, como siempre. Sus piernas se enlazaron a mi cintura y comenzaron a empujar contra mí. Después los gemidos dejaron de ser contenidos y salían libremente de sus morados labios… junto a unas palabras. Palabras que se repetían cada vez que lo hacía mío de manera violenta, asaltándolo y llevándome siempre un poco de su moral e inocencia.
-- Te amo – y como siempre lo único que recibía como respuesta era unas embestidas más salvajes.
Nadie podía dominar a Youko Kurama que sólo satisfacía sus deseos, haciendo lo que quería y nunca entregando ni su cuerpo ni su alma a nadie. Y así siguió por cientos de años.
Tercera
Shiori.
No todos los sucesos son sexuales y provocativos porque hay que entender que ‘yo me había enamorado del ser divino que era Hiei' . No sólo deseaba tener su cuerpo, sino sus sentimientos, su alma… y me costó entenderlo.
Mi madre… La madre de Shuuichi Minamino.
-- Dime hijo – respondió sonriendo –, sabes que siempre puedes contar conmigo.
-- Madre… creo que estoy enamorado…
-- Shuuichi, eso es maravilloso – contestó emocionada y dejando el lavado del servicio para voltear a mí con una sonrisa amplia y sincera.
No tengo la más mínima idea de por qué le conté eso a Shiori, lo único que sé es que después de hacerlo me sentí bien conmigo mismo… no obstante, aún no estaba seguro de lo que sentía. Adoraba cada momento, cada beso compartido con Hiei; disfrutando siempre de ese nuevo entretenimiento, del juego que nosotros habíamos inventado, mezclando compañía, amistad y sexo. Besos, caricias, entrega y sumisión, amistad… ¿amor?… y la pasión, la ternura, la tortura no hacía más que aumentar mi confusión y esa era una terrible sensación que quería destrozar.
-- ¿Puedo ser sincero? – esa pregunta fue más dirigida hacia mí mismo que a mi madre y sin esperar respuesta alguna (de Shiori o mío) seguí –, porque aún no sé. ¿Hay alguna manera de saber si de verdad estoy enamorado… tener la seguridad de eso y de que no es sólo atracción?
Realmente yo no esperaba respuesta, pero mi madre se acercó y me abrazó maternalmente unos instantes, para luego separarse y sonreír.
-- Shuuichi la respuesta está dentro de ti, búscala… pero si te es muy difícil hallarla, prueba esto: deja de tener todo contacto físico por sólo dos semanas. Nada de besos ni caricias, hijo. Si puedes y quieres permanecer junto a esa “persona” sin importar el no poder tocarle, estás enamorado.
Me sorprendió que en vez de decir ‘chica' hubiese dicho ‘persona', dejando abierta la posibilidad de que su hijo le gustasen los hombres… mi madre era sencillamente sorprendente.
Cuarta
Hiei, mi niño prohibido del Makai.
Peleábamos espalda a espalda, extrañamente sincronizados. Me distraje tanto observando sus ágiles movimientos que permití que me hirieran de forma profunda, sin embargo, igual seguí matando sin piedad, permitiendo que mi orgullo de Youko me ayudase a no desfallecer.
Unos instantes más de pelea intensa, la aparición necesaria del Ensatsu Koku-Ryuu-Ha y mi látigo de rosa, bastó para que todo terminara. Mi respiración terminó pesada y el fastidio y dolor de una herida en mi hombro sumada con otros cortes de menor importancia persistían, pero nada más.
El sonido seco de un cuerpo cayendo hizo que centrara mi atención en Hiei que estaba tirado sin mucha ceremonia en el suelo de la cueva. Rápidamente me acerqué recibiéndome sus facciones serenas.
Mientras le veía cuanto deseé dejar ver el acostumbrado lado frío o el impasible y que me mostrase el salvaje y pasional; quería ver ese rostro contorsionado por el hecho de hacer el amor, entregándose a mí y rogando por alivio… o por lo contrario, dominante y dirigiéndome miradas cargadas de pasión y perversión.
El aire escapaba tibiamente de sus labios entreabiertos y sugerentes, húmedos. Me había dejado una oportunidad única y en ese instante yo sólo ansiaba un beso, corto y casto.
Mis cabellos cambiaron en unos segundos de plateados a rojos. Quería… necesitaba tener mi imagen de ningen antes de robarme un beso de los labios vírgenes de Hiei. Los labios de Youko simplemente estaban demasiados usados, no como los de Shuiichi que jamás había permitido que fueran tocados por otra persona.
Lentamente me fui acercando y uní nuestros labios durante exactamente un minuto. Eso no aplacó mis deseos, sino que tuvo todo el efecto contrario, enardeciéndolo y cedí a mi deseo.
No me había alejado mucho por lo que aún podía sentir su respiración y… no pude evitarlo. Sacando la lengua la pasé reconociendo primero los cerrados párpados y las mejillas ardientes, para luego terminar lamiendo sucesivamente los tentadores labios. Despacio abrí un poco más su boca que se dejó dócilmente (producto del sueño) y al fin pude probar el sabor embriagante de Hiei introduciéndome en su interior. Sin algún impedimento otras imágenes de deseo se presentaban ante mí, sonrientes, fluctuantes y sobre todo imposibles.
«Un maldito sentimiento desesperante
Un círculo infernal y envolvente»
Quinta
Los secretos son un vasto océano con aguas frías y oscuras y siempre me encantó hundirme en ellas, esconderme y no poder ser hallado. Pero detestaba que alguien se ocultara ahí y que yo no pudiera hacer nada. Y así era mi situación con Hiei.
-- ¿Estás bien? – pregunté estúpidamente examinando una herida que surcaba su espalda de forma diagonal. No había rastros de su capa ni de su tanktop y su piel estaba extremadamente fría y húmeda.
-- ¡Zorro baka! Si estuviera bien ¿crees que hubiera venido? – dijo bruscamente.
-- Sí – contesté con todo el convencimiento de mundo; y así era, porque cada vez que Hiei iba al Ningenkai, siempre me iba a ver. – ¿Quién te hizo esto?
La única respuesta que conseguí fue con gruñido.
Suspiré resignado, a veces Hiei podía llegar a ser aún más terco que Yusuke. Sin decirle nada me dirigí hacia mi botiquín especial sacando de él vendas, agua oxigenada y una pastilla. Cuando regresé mi youkai seguía en la misma posición como si estuviera pegado al suelo; algunas gotitas de agua perlaban su piel deliciosamente haciéndome recordar que aún estaba mojado por la lluvia que descargaba desolado su furia en las calles y obligatoriamente tuve que regresar por una toalla.
-- No la alargues más… – escuché a Hiei fingiéndose impasible.
-- No lo hago. ¿Puedes quitarte los pantalones y echarte en la cama? – negó suavemente con los ojos. – Si quieres que te ayude…
-- Escúchame – me interrumpió cerrando los ojos. – Todo mi cuerpo está entumecido y no puedo moverme.
Hiei había admitido debilidad.
Sin responderle ni nada, me acerqué agachándome a la altura de sus pantalones y levanté la vista; sus ojos carmesíes me miraban con una mezcla de temor oculto y frialdad. Mis dedos pausadamente habían comenzado a desatar uno a uno sus cinturones.
-- ¿Qué haces? – preguntó rudamente cuando me disponía a bajarle los pantalones.
-- Estás todo mojado – mis dedos aún estaban en el filo, rozando su piel y ese leve contacto me hacía querer más.
-- No importa… déjame así – dijo Hiei apartándose… o por lo menos intentándolo porque sólo logró dar unos pasos hacia atrás cuando perdió el equilibrio y apenas pude atraparlo en mis brazos. Un gemido de dolor escapó de sus labios.
-- Está bien, pero voy a curar ese corte – respondí en tono dominante, sin dejar lugar a protestas. Cuando lo atrapé en mis brazos, sin querer había posado uno de mis dedos en la tremenda laceración.
E increíblemente Hiei se dejó cargar y depositar de boca abajo en mi cama. Con la toalla le sequé en movimientos acompasados, semejantes a una caricia. La herida comenzaba en el hombro derecho y recorría toda la espalda e iba a perderse en los confines de sus pantalones.
-- Necesito quitarte la ropa; la herida se extiende más allá – pedí después de terminar de desinfectar la parte visible del gran corte. Hiei volteó el rostro y me miró receloso. – Vamos, no pienso hacerte nada – sonreí aumentando la desconfianza en sus ojos rojos.
Justificaba su actitud. Youko mataba y poseía a quien quería, sin importarle razones o violar voluntades. Ésa era una reputación que me la había ganado a pulso… el carácter amable y bondadoso de Shuuichi no le había hecho olvidar todo lo que había oído de mí y quizá temía que mis instintos salieran a la luz.
Estos pensamientos hicieron mella en mi sonrisa que perdió todo brillo dejando sólo una sombra congelada. Creo que Hiei notó eso porque escondiendo el rostro entre sus brazos dijo susurrante: -- Está bien, hazlo… si llegas a tocarme más de lo necesario te juro que te mataré.
Asintiendo a la nada procedí a quitarle la prenda que aún cubría su adorable cuerpo. A propósito bajé el pantalón acompasadamente, para que sintiese como le desnudaba; no llevaba ropa interior. Sus redondos y tersos glúteos eran una vista divina. ¿Se sentirían tan bien como se veían?… No había duda, yo era mi peor enemigo porque a cada momento corría el riesgo de traicionarme y delatar todo lo que me causaba su simple presencia.
Pasaron largos minutos en silencio, yo contemplando y curando el perfecto cuerpo de Hiei y él dejándose desear, porque tenía la completa seguridad de que mi jaganshi sabía que más que desinfectarle la herida estaba adorándolo y muriéndome en el deseo de hacerlo mío, ¿por qué el tiempo no se perpetuó en ese instante?
-- ¿Terminaste?
-- Sí – contesté alejándome. – Si quieres esta noche puedes descansar aquí.
-- Hn.
Tomé esto como un sí. Le cubrí con una manta la parte inferior del cuerpo, tratando de no tocarle la herida y me puse hacer deberes escolares; su mirada no me abandonó largos minutos hasta que por fin el sueño hizo presa de él y sus ojos se cerraron cansados. Dejé de fungir que hacía estúpidas tareas y volteó a observarle. Su respiración calma se oía en todo el lugar, llamándome; lo sentía a mi disposición, ofreciéndose, pero no era así y lo sabía.
Y esa afirmación sólo hacía que todo lo que sentía creciese… yo mismo reconocía que era el cínico que disfrutaba de la noche inocente y de mis terribles pensamientos… sin embargo, no iba hacer nada… nada aún.
Sexta
Todos los cientos de años que viví como Youko Kurama nunca sentí la desagradable sensación de saber que algo “mío” pudiera ser objeto de deseo de otro. Sin embargo, esos meses lo sentía y muy fuerte… como si los malditos celos nunca antes sentidos se vengaran por todos esos años desperdiciados.
-- No me mires así. Yo soy capaz de sentir celos hasta del aire – dije sonriendo levemente.
Ahora que lo pienso, que estúpido se debió de oír eso. Aunque era cierto, había descubierto que era muy celoso y me tomó mucho tiempo poder controlarlos… sin embargo, era Hiei y sabía que era imposible que yo fuera el único que descubriera lo maravilloso que era.
-- ¿Del aire? – me preguntó él con una mirada susceptible.
-- Oh sí. Hubo una vez que… – asentí dispuesto a dar rienda suelta a mi imaginación. Repito una vez más: que estupidez.
-- Está bien, está bien. No necesito que me cuentes, te creo. Pero igual no vuelvas hacer eso - dijo quejándose de mis reclamos por su tardanza. Tardanza debida a Mukuro… realmente le tenía muchos celos contenidos.
-- Bueno… pero no prometo nada – sonreí apoyando la cabeza en sus piernas cruzadas. Hiei comenzó a acariciar mis cabellos distraídamente con la mirada perdida. – ¿En qué piensas?
-- En el concepto que tengo de ti – dijo serio, enarqué una ceja para exteriorizar mi incomprensión. – Verás… eres amable, claro, cuando eres Shuuichi. Violento y despiadado cuando eres Youko. Lujurioso, cuando… bueno eso es igual siendo Youko o Shuuichi. Y ahora me entero de que eres celoso.
-- ¿Y dónde quedó mi inteligencia, agilidad, belleza, fuerza… resistencia en la cama? – expuse sonriendo y levantando los dedos contando. Hiei me miró en silencio y seriedad unos minutos hasta que abrió los labios y contestó también enumerando.
-- Amable, violento, despiadado, lujurioso, celoso – repitió maquinalmente. – Y nada humilde – añadió firme mientras cerraba los ojos con tranquilidad.
-- Gracias. ¿Sabes? nunca me arrepiento de haberte obligado esa vez a hacer el amor conmigo…
--…Yo tampoco… y además disfruté mucho mi venganza.
-- Ese es otro punto. Yo lo hice con suavidad y sin ataduras. Sí, sin duda, fui amable. No como tú youkai.
-- Pero igual te gustó… si hubieras sido consciente de todos los gritos que diste esa noche…
-- De dolor.
-- Y placer.
No respondí por orgullo, responderle hubiese significado darle toda la razón.
Sétima
Voluntariamente me había sumergido en una pasión indefinida y caótica… ¿pero sólo física?
El consejo de mi madre: Nada de contacto corporal.
Pero yo era adicto al sabor de Hiei. Al sabor de su piel, de sus besos, a sus gemidos y jadeos, miradas, cuando estábamos juntos. Sé que si tan sólo hubiese sido capaz de mirar más allá del placer físico que me encantaba brindar o que me entregase mi youkai, hubiera descubierto lo que sentía sin necesidad de intentar abstenerme de poseerle. Pero también sé que no podía, estaba demasiado encerrado en el sexo ardiente y pasional que tenía… y aún hubiera durado más la confusión sino fuese por mi ‘intención' de hacer caso a ese consejo.
Estaba leyendo una revista, distraído; hasta que unos golpeteos me llamaron la atención e instintivamente llevé mi mirada hacia la ventana. Y ahí estaba mi tentación latente mirándome fijamente. Como siempre, me sentía incapaz de descifrar su mirada.
Mi madre y Shuuichi habían salido de compras semanales al supermercado por lo que la casa estaba a mi completa disposición por lo menos unas dos horas más… dos horas, dos horas… suficientes para hacerlo… y volver a hacerlo…
Me levanté de mi cama y le abrí la ventana. Un detalle que me llamó la atención fue que esta estaba abierta, sólo abría bastado que mi jaganshi la empujara, sin embargo, había preferido tocar.
-- Hola – saludé sonriendo y sentándome en mi cama. – ¿Y cómo vas con Mukuro?
Alto. Ni se atrevan a pensar que MI Hiei estaba envuelto en algo con Mukuro. Sinceramente no sé si estuvo alguna vez con ella de forma emocional o física… pero me refugio en la creencia de que sé que mientras estuvo (y está) conmigo no ha tenido que ver nada con algún ningen, youkai o espíritu.
-- Igual – respondió fríamente.
-- Ah. ¿No crees que te tiene trabajando mucho?… ¿Sabías que por fin Yusuke y Keiko están juntos oficialmente? eso me enteré la vez pasada por Kuwabara porque ya sabes lo…
Seguí hablando de tonterías largo tiempo cuando lo que más quería conquistar eran los pocos metros que me separaban de su cuerpo, de él… No hice nada, seguí mi monólogo interminable. De repente me interrumpió Hiei. Sabía que él notaba algo diferente en mí, aunque no creí que me lo preguntase tan a la mala, con falta de tacto, como lo hizo…
-- ¿Qué te pasa Kurama? – preguntó cruzando los brazos y comenzando a balancear un pie en el borde de la ventana. – Estás diferente – sus ojos se entrecerraron y continuó con voz seria –, normalmente apenas sentías mi presencia te me precipitabas contra mí, y ahora te veo ahí tranquilo tratando de conversar sobre Mukuro, Keiko y Yusuke. ¿Acaso ya te cansaste de tirar conmigo?
Sentí una presión el en pecho, como si tuviese algo encima que no me dejaba respirar con normalidad. Sus ojos carmesíes terminaron de cerrarse de golpe esperando paciente una respuesta. No sabía que decirle… hasta ahora no sé como, ni por qué, pero mis labios dejaron escapar la verdadera razón.
-- Quiero saber si lo que siento por ti es sólo calentura… o si de veras estoy enamorado de ti…
El sentimiento de ahogo aumentó con unos nacientes cosquilleos en el estómago. No había pensado decirle en estas circunstancias, quería que ese momento fuera especial… o sencillamente nunca decirle, pero ya estaba hecho.
-- ¿Y cómo piensas hacer eso? – dijo con su usual tono de voz frío.
Yo no esperaba esa respuesta. Sino algo como: “Baka kitsune” o “No me importa”.
-- No tocarte. Aunque me muera de ganas…
-- ¿Morirte de ganas?… ¿Qué quieres decir? – sentí como una capa de hielo se rompía. Hiei no había dicho nada despectivo o burlón y mucho menos se había ido. Sonreí.
-- Que en este momento lo que más quiero es ir hacia donde estás y besarte, quitarte la ropa y hacértelo como nunca antes… – recién abrió los ojos y volteó a mí. Su mirada tenía un matiz… ¿burlón? y sus labios se habían curvado ligeramente hacia arriba.
-- ¿Así? – asentí sintiendo como las ganas de tenerle en mis brazos aumentaba. – ¿Y vas hacer algo?
-- No.
-- Es una pena… justo hoy día me tengo que ir al Makai y voy a tener que permanecer tres largas semanas ahí. Quería… “despedirme” de ti de una manera memorable – levantó los hombros en señal de decepción.
Maldad. Lo que hacía Hiei era tentarme y lo estaba consiguiendo. Sentía como un escalofrío que partía de la columna vertebral me recorría el cuerpo, mis dedos temblaban… era, soy y seré siempre débil por él.
-- ¿Acaso tú sabes que es lo que sientes por mí para provocarme de esa manera?
-- Sí – respondió sin dar lugar a las dudas.
A esa respuesta le tuve mucho temor. “Sí”. Preferiría estar en la ignorancia a saber que mi demonio de fuego sólo me deseaba tanto como yo a él lo quería (aunque en ese momento no lo supiera)… porque eso era lo que pensaba, que Hiei sólo sentía calentura.
-- ¿Y estás completamente seguro?
-- Sí…
-- Pero yo no sé. Así que no seas egoísta y ayúdame a cumplir con mi abstinencia… si es que puedo.
-- Te voy a ayudar a descubrir lo que sientes – afirmó acercándose peligrosamente. – Pero de otra forma… a mí manera.
Sus brazos me rodearon, yo esperaba ansiosamente un beso, quería sentir sus suaves labios encima de los míos pero ese fue un beso que nunca llegó porque Hiei sólo me abrazó. No puedo decir que no me decepcioné al comienzo, pero esa calidez era muy envolvente y agradable… me sentí tan bien sólo rodeado de sus brazos. En esos instantes lo único que pude pensar fue en esa sensación. En ningún momento se me ocurrió comenzar a desvestirle, besarle y acariciarle. Pasaron así varios minutos hasta que se separó.
-- ¿Ves?… Gran misterio resuelto. Ya se me quitaron las ganas, así que me voy – se agachó y depositó un beso en mis labios apenas rozándolos. Se deshizo del abrazo y caminó hacia la ventana; esos pasos los dio lentos, esperando que yo reaccionase y le detuviera.
-- ¿Y qué salió de resultado? – pregunté confuso. Él no volteó y me respondió.
-- Hace unos momentos, ¿tuviste ganas de avanzar más o sólo disfrutaste de ese simple abrazo?
Y ahí, de repente, se reveló la gran verdad que ha dominado mis días desde que la descubrí: Estaba enamorado de Hiei. Puede sonar a broma esa manera de descubrir lo que sentía, sin embargo, así me di cuenta.
Un simple abrazo.
Octava
-- ¡¡Por tu maldita culpa estamos aquí atrapados bajo este estúpido árbol hasta que el cielo acabe de caer sobre nuestras cabezas!! – me bramó Hiei visiblemente enojado y dejándose caer para apoyar su espalda en el gran tronco del árbol que nos servía de refugio de la inflexible y siniestra lluvia.
-- Vamos Hiei, sabes que si los hubiéramos seguido posiblemente ahora estaríamos muertos los dos – intenté objetar sentándome también.
-- O ellos – respondió aún agresivo.
Su camiseta estaba completamente desgarrada, sin embargo, su capa no; así que se cubrió con eso del criminal viento frío que corría. En cambio yo estaba en un estado completamente deplorable, mi ropa estaba totalmente arruinada y tenía tajos y cortes en los brazos y piernas de los que brotaban pequeñas cantidades de sangre… todo por confiarme estúpidamente. El frío en las heridas hacía que estas me dolieran más, aunque eso era algo por lo cual no tenía mucha consideración. Más atrayente era observar las ínfimas y continuas gotitas de agua que caían sin parar, que lamentarme por mi estado.
-- ¿Estás bien? – preguntó Hiei después de unos minutos de silencio.
-- Tengo frío – dije sonriendo al frío clima y cerrando los ojos cansadamente.
Hiei volteó hacia mí, y empezó a examinarme. Sentía sus ojos como una leve caricia de fuego recorriéndome con prisas y sin querer mi sonrisa se acentuó. De repente su mirada me abandonó y oí un suave sonido… después comprendí que era él acercándose.
-- ¿Quieres qué…? – preguntó con todas las dudas del mundo y en un susurro casi ahogado por el ruido de la lluvia.
-- Por favor – creo que dije, no estoy seguro. Puede haber dicho un simple “Sí” o no haber respondido.
Lo que sí acuerdo con nitidez es que se pegó con especial cuidado a mí y nos cubrió con su capa que extrañamente no estaba ni húmeda. Nuestros cuerpos estaban unidos en alguna especie de abrazo, contacto que acrecenté poniendo mis entumecidos brazos alrededor de sus caderas… Hiei no dijo nada, sólo se dejó y hasta apoyó su cabeza levemente mojada en mi hombro. Las puntas de sus cabellos ‘antigravedad' me rozaron los labios involuntariamente provocándome ligeras cosquillas, arrancando un estornudo de mí y gruñido casi imperceptible de sus labios.
-- Hiei – llamé, cuando las gotas milagrosamente parecieron disminuir su fuerza y continuidad.
-- ¿Hn?
-- ¿Te molesta estar así conmigo?
No me respondió. Pero vi como sus ojos se fijaban en la gran oscuridad con confusión y sorpresa plasmados en ellos, no había esperado esa pregunta. Estuvo tenso unos segundos, quizá buscando la respuesta… después sus ojos se entrecerraron y se pegó aún más a mí para que sintiese como negaba en un breve movimiento con la cabeza.
Y después silencio… El silencio jamás no es una pérdida de tiempo.
Novena
Mi deseo de tener a Hiei físicamente no se duplicaba ni se escondía y muchos menos se disolvía. A veces podía ser muy torturante tenerlo a pocos centímetros sin atreverme hacer nada…
Ante una persona o situación específica, sólo se pueden adoptar tres posiciones: atacar, retroceder o bloquear. El problema se presenta cuando estás confundido y no sabes como actuar… o cuando reaccionas sin pensar en las consecuencias, sólo guiado por el deseo o el instinto.
…¿Qué actitud tomé yo?…
Habíamos viajado a una cabaña en el medio de un bosque, supuestamente unas vacaciones pagadas. Con un poco de persuasión mía y de Yukina logramos convencer a Hiei, así que todos fuimos. La cabaña estaba cercana a un lago de cristalinas aguas donde era divertido bañarse y pasar un buen rato, pero un testarudo jaganshi prefería mantenerse a parte y no interactuar mucho en “idioteces ninges”.
Kuwabara estaba nadando en el lago y haciendo graciosas piruetas para llamar la atención de Yukina quien sonreía desde la orilla. Yusuke y Keiko estaban unos metros alejados de nosotros discutiendo acaloradamente por alguna tontería que había hecho Yusuke. Apenas habíamos llegado e ido al lago Hiei se había subido a una rama de uno de los muchos árboles que estaban rodeándonos.
-- ¡Hey enano! ¿Por qué no vienes y te mojas? – gritó Kuwabara de la nada.
Creo que Hiei había estado dormitando porque con el grito casi se cayó de la rama sosteniéndose apenas y logrando equilibrio de nuevo después de unos segundos amenazando con caerse. Cuando estuvo otra vez en la seguridad de su rama, contrario a su costumbre de responder con alguna frase sarcástica, se quedó callado y desapareció.
Las horas fueron pasando lentamente y la calidez del sol cedió su lugar a un frío tibio y a la opacidad de la luna. Como aún no había señales de Hiei, yo me ofrecí a buscarlo. Después de varios minutos de búsqueda infructuosa al ir al lago, lo encontré.
Apenas lo vi mi corazón comenzó a latir agitadamente y no pude ni avanzar ni retroceder, sólo quedar viéndole, deseándole… Él notó mi presencia pero igual siguió sumergiendo su pequeño y delicioso cuerpo desnudo, dejando a veces que lo mirara cierto tiempo para después desaparecer bajos las frías y oscuras aguas.
-- ¿Kurama? – llamó cruzando los brazos a unos metros de mí.
Esa corta palabra dicha por sus labios fue la que pareció liberarme de todo lo que me encadenaba a mantenerme estático y no hacer nada que podría satisfacer por fin toda mi codicia de poseerlo.
Mojando toda mi ropa salvé esos pocos metros que nos separaban hasta quedar muy cerca de él. No sé que mirada me vio pero en la suya comenzó a reflejarse un agradable temor bajo ojos rojos fríos.
-- Me harté Hiei – murmuré a pocos centímetros de su rostro. – Esta noche no debiste haberte arriesgado.
Trató de retroceder y alejarse de mí, pero no se lo permití rodeándolo con mis brazos bruscamente y lo llevé así hacia la orilla cercana.
Así es: Ataqué. Mi alma y mi cuerpo ya no podían mantener más oculto ese deseo inmenso… e iba hacer lo que fuese para que me correspondiese Hiei, aunque sólo fuese porque a él también le había ganado la excitación y se dejase hacer sólo por eso.
-- ¡Kisama, suéltame! – exclamó bajo mi peso.
Pero ninguna parte juiciosa de mi cerebro decidió oírle. Esto ahora se trataba de algo así como realizar tus sueños o quedarse atrapado en ellos, así que sólo actuaban los instintos y la lujuria en combinación deliberada e incontrolable…
Su cuerpo inexperto y virgen me pertenecía…
Decima
Cerré rápidamente el libro en el que había estado concentrado la última media hora. Los ojos se me cerraban a cada rato por lo que suponía que ya era bastante tarde; ese desvelo se debía a que había cumplido con una pesada tarea para escuela. Eso de hacerlas o dejarlas me daba igual, pero estaba el hecho de que fuera uno de los primeros le traía gran alegría a mi madre, así que era por ella… después de darme una ducha rápida, al apenas acostarme en mi cama, caí rendido.
Los sueños no son sino pensamientos, deseos, anhelos no vividos durante el día. Tratan de realizarse, al menos por medio de sueños… deseos reprimidos…
«Estaba caminando con las manos metidas en la chaqueta protegiéndolas del frío, cuando una fuerte tormenta de nieve comenzó a azotar las calles. Pasaba por una avenida especialmente oscura y llena de anuncios brillantes invitando a pasar a los club's que abundaban; eligiendo el que estaba más cerca, entré para resguardarme de la nieve. Tomé la única mesa vacía justo cerca de un gran estrado en el medio del lugar a modo de escenario.
Había luces de todos los colores tintineando y música a mucho volumen que de repente paró, quedando un silencio muy tenso hasta que una luz azul muy fuerte se enfocó en el estrado. Ahora gritos y silbidos dados de manera escandalosa, y salidos de una gran oscuridad porque sólo estaba yo. Apareció alguien con vestimenta muy ligera… un chico… ¿HIEI? Sólo llevaba un muy ajustado bóxer que dejaba a la vista por lo ceñido que estaba el cautivo miembro de generosas proporciones… Él se me había quedado viendo fijamente y se acercó hasta quedar sólo a un par de metros de mí y de la nada una música muy lenta comenzó a sonar.
-- ¿Qué haces?
-- Nada kitsune – susurró en respuesta. – Ve – agregó señalando una cama de grandes dimensiones con un lindo cobertor rojo y bastantes cojines de seda negros.
Sin decir nada fui sumisamente hasta la cama, sentándome en uno de los filos. Cuando levanté la vista Hiei estaba ahora vestido con una extraña ropa de cuero que marcaba deliciosamente su entrepierna y los músculos de su pecho y estómago porque el resto de su cuerpo estaba sin nada. Se sentó en mis caderas y comenzó a moverse incitándome de manera efectiva. Yo gemía, me rendía a todo lo que esos movimientos me hacían ceder… mis ropas desaparecieron, dejándome más a su poder. De pronto sólo sentí sus labios en mi miembro, lamiendo, succionando con frenesí… lo único que llegaba a ver era su cabello moviéndose rítmicamente…
-- Kurama… Shuuichi… Shuuichi!…»
Desperté.
-- Shuuichi ¿estás bien? – pesadamente abrí los ojos; los suaves golpes en la puerta (los que me habían despertado), seguían.
-- Sí, gracias madre. Sólo era un sueño – respondí con voz baja. ¿Tan altos fueron mis gritos y gemidos que desperté a mi mamá…?
-- Bueno hijo, descansa – dijo poco convencida y yendo hacia su cuarto.
Recién pude respirar tranquilo agradeciendo a todos los cielos de que mi madre no hubiese entrado a la habitación. Los rastros de mi sueño estaban muy visibles a mi alrededor: las almohadas y cobertores en mi agitación los había botado al suelo e incluso mi ropa interior estaba un poco salida de su lugar, dejando a la vista mi miembro completamente erguido y con rastros pre-seminales. El sueño me vino de golpe a la cabeza, recordé sus cabellos perdidos entre mis piernas y sus ojos fijos en los míos mientras me hacía sexo oral con furia; mis mejillas comenzaron a arder y la erección a doler…
Pero ¿por qué?, ¿por qué Hiei? Estaba confundido, nunca antes había tenido un sueño de ese género ¡y menos con él!… después de pensar en ese momento las razones, concluí que deseaba al terco jaganshi, quería tenerlo bajo mí, gimiendo mi nombre y todo eso me lo confirmaba con demasía la firme excitación bajo la que estaba… ah, después me dejé llevar por la delicia que es auto-complacerse…
Décima Primera
Llevábamos juntos muchos años. Hiei seguía encargándose de los límites entre el Ningekai y el Makai mientras que yo me dedicaba a mantener la apariencia de un ningen normal, trabajando… sumergido en una vida que hubiera sido cotidiana y aburrida, sino fuera por su presencia constante en mis noches y días.
Durante un tiempo había tenido el ilógico miedo (o tal vez no tanto), de que mi amor, así como el efecto de un boomerang, hubiera encerrado tu vida en un callejón sin salida… atándolo a algo que no quería… pero no, en ocasiones ambos habíamos aceptado cosas desagradables sólo por el hecho de seguir juntos… promesas que se habían cumplido…
-- No te enfades… lo único que quiero es cumplirte una promesa. Y hacerte olvidar cualquier cosa desagradable – sonrió abrazándome con más fuerza.
Una promesa dicha entre gemido y jadeos, justo en el clímax del orgasmo, ¿era válida? Ni siquiera hubiera pensado que Hiei se acordara, pero sí lo hacía y ahora estaba reconfortándome, porque mi ánimo estaba el subsuelo del planeta. Lo que había temido por mucho tiempo había sucedido… mi madre había muerto. Había sido una muerte pacífica y sin dolor causada por el detenimiento de su corazón viejo y cansado.
Y permanecimos callados, viendo la gran oscuridad en la que estábamos. No era necesario o importante decir o hacer algo, simplemente estar allí, el uno junto al otro. Ese era todo el consuelo que deseaba y Hiei me lo daba sin preguntar ni protestar… cuanto lo quería… y más porque sabía que lo que más detestaba él era esa inercia tan necesaria para mí en esos momentos…
Décima Segunda
Hacer el amor (puedo llamarlo así con todo el convencimiento existente) con Hiei es como viajar al infinito o vislumbrar la periferia de un acto completamente fuera de este mundo… fuera la posición o dureza con lo que lo hagamos. Lo era en ese entonces y aún lo es, a pesar de haber transcurrido tantos años.
«Nadie jamás humillará sino es humillado también…»
Había regresado a mi casa después de una misión, en la que Hiei no había dado muestras de vida. Tres semanas exactas que no sabía de él desde la vez en el lago, cuando lo forcé a medias a tener relaciones conmigo. A veces me sentía mal conmigo mismo por eso, aunque otras, por el contrario, tenía la completa seguridad de que volvería hacer lo mismo…
Dije una estúpida excusa a mi madre por mi ausencia y subí a mi habitación; después todo sucedió rápido. La misión me había dejado demasiado agotado para siquiera darme cuenta de la presencia del youkai y él y sin dar lugar a dudas me había derribado y dejado inconsciente, con unos golpes. Cuando desperté estaba amarrado de pies y manos a mi cama.
-- Hiei, libérame – pedí con voz suave tratando de librarme de las ataduras que me tenían preso. Hiei que había estado al pie de la cama se movió encima de mí, comenzando a acariciar mi cuello con su lengua. Primero suave pero sólo al inicio porque sus besos se tornaron en mordiscos dolorosos. Una vez más traté de liberar mis atrapadas manos… intento inútil. Sin querer un pequeño gemido de dolor entremezclado con placer salió de mis labios.
-- No – susurró contra mi cuello, respondiéndome recién, para luego trasladar, sin prisa su lengua y colmillos a mi rostro, dejándolo húmedo y levemente arañado. Cerré los ojos y dejé de forzar las ataduras… estar así me encendía mucho, pero eso era algo que no debía dejar entrever aún.
Hiei dejó de suministrar las caricias húmedas en mi cara y descendió otra vez a mi cuello centrándose en la clavícula descubierta fastidiando con los dientes y labios mojados. Aunque no quisiera aceptarlo sus besos habían hecho efecto en mí, manifestándose en mi entrepierna… aprovechando mi descuido, Hiei bajó mi pantalón, dejando al descubierto mi excitado y atrapado miembro contenido aún por la ropa interior y sin consideración con una de sus manos apretó contra mi sexo fuertemente; un reclamo murió en mis labios, ahogados por el gran gemido que me causó esto. Inconscientemente alcé mis rodillas a ambos lados de él, dándole fácil acceso a lo que quisiera hacerme… o quería que me hiciese. La mano que presionaba con fuerza mi masculinidad comenzó a moverse, acariciando por encima con violencia, proporcionándome más placer. Deseaba esas caricias furiosas y vengativas, cargadas de pasión y descontrol, pero desde otra posición (arriba) y sin tener las manos atadas con la más mínima posibilidad de hacer algo para evitar o incitar.
-- Detente Hiei… ¿por qué haces esto? – dije ahogando un gemido. Por más que lo intentara no podía controlar los jadeos que salían de mis labios… lo que hacía Hiei me agradaba demasiado.
-- Venganza y deseo – respondió parando todo contacto. Sonrió malamente y en un rápido movimiento me quitó la única prenda que aún tenía. – ¿Por qué te quejas tanto Kurama?… sabes que no voy a parar hasta quedar satisfecho – dijo antes de sentarse en un costado de la cama.
Estaba tan cerca, pero por las malditas ataduras no podía ni rozarlo. Se quedó viendo mi miembro sin reserva, haciendo que yo me excitara aún más. Eso no pasó desapercibido por mi youkai quien me miró con una expresión tácita de ‘te lo mereces'.
-- ¿Me vas a dejar así? – pregunté sin ocultar cierto temor después de unos cuantos segundos sintiendo como mi erección comenzaba a doler.
-- No sé – murmuró con maldad, alejándose aún más y poniéndose de pie justo al frente de mí.
-- Hiei, por favor – supliqué. En esos momentos quedó atrás todo vestigio de orgullo o dignidad. Sólo estaba el hecho de que quería descargo.
-- Tal vez más tarde. Aunque kitsune egoísta, ¿por qué no dejarte así?, sí sólo piensas en ti y en tu satisfacción.
Mi mente saturada de lujuria e ideas de alivio, no entendió esta frase hasta que el jaganshi lentamente comenzó a desatar sus numerosos cinturones para después dejarlos caer y dejando a la vista su virilidad completamente erguida y hasta con algunas gotitas blancas en la punta. Mi respiración, hasta hacía unos minutos tranquila en apariencia, ya no pude contenerla, agitándose al igual que mi ritmo cardiaco y la palpitación dolorosa en mi sexo. Involuntariamente comencé a querer liberar mis manos y pies, lastimándome. Esa clase de tortura nunca había tenido la oportunidad de sufrirla… y no era muy satisfactoria. Desvié los ojos.
-- ¡Suéltame! – exclamé al notar que por mis movimientos violentos comenzaba a lacerarme la piel de las muñecas y tobillos.
-- No grites o exijas, pierdes tiempo – sonrió. – Y te haces daño…
Con mucha fuerza de voluntad me detuve y enfoqué otra vez la mirada en él. Ya no tenía su camiseta por lo que estaba completamente desnudo y mirándome fijamente con sus penetrantes orbes rubíes. Advirtiendo que otra vez tenía mi completa atención, se arrodilló en la cama y sus manos empezaron a recorrer su cuerpo en lentas caricias centrándose en sus partes erógenas. Empezando por auto-torturarse remisamente con los dedos puestos en las firmes tetillas en círculos pequeños para luego bajarlas y centrarse en su miembro, comenzando a tocarlo y proferir jadeos bajos llamándome y pidiendo que lo tome con fuerza. Era aterradoramente excitante verle desnudo y tocándose y más en el lapsus de locura y lascivia en que me encontraba… pero todo eso pude soportarlo valientemente, sintiendo la excitación al borde del abismo. Sin embargo, cuando se incorporó un poco y unos de sus dedos previamente lamidos con descaro se introdujeron en su cuerpo son calma y lentitud…. no pude más y cerré los ojos con fuerza. Aunque después me di cuenta de que era inútil en todo sentido; con los ojos cerrados igual veía la imagen de Hiei masturbándose y penetrándose y con sus facciones contorsionándose en el éxtasis que él mismo se daba, mientras gemía mi nombre para provocarme… demasiado.
-- Por favor Hiei… ya no puedo más – rogué manteniendo los ojos cerrados. Algunas gotas de pre-semen escurrían de mi dolorosa erección. Casi de inmediato el silencio se hizo dueño del lugar y el jaganshi se acercó y bruscamente, rompiendo las ataduras de mis pies, levantó mis caderas, se posicionó bien, encima de mí… Lo sentía, él también estaba al borde, y sólo había querido un poco de humillación de mi parte…
-- ¿Entiendes? Eres mío… – susurró justo antes de entrar la orgullosa punta de su húmedo miembro en mi cuerpo, arrancando un grito contenido de dolor…
“Eres mío”… esa afirmación era tan cierta como que me estaba arrebatando la virginidad. Nadie antes había entrado a mi cuerpo, ni siendo Youko ni Shuuichi. Nunca me había dejado, tal vez por orgullo y prepotencia o porque nunca me gustó el papel pasivo… pero en ese momento realmente no importaba ya que sólo quedaba Hiei y la deliciosa y dolorosa sensación de estar siendo invadido con furia… algo cálido bajó por una de mis mejillas, tardé un poco para darme cuenta de que era una fina y tibia lágrima rodando de mis ojos. Hiei se me había quedado viendo fijamente. Vi en sus ojos rubí frialdad y hasta desprecio, sin embargo, él no se movía. Por experiencia propia sé que hay que tener gran fuerza de voluntad para no volverse loco con la increíble sensación de estar envuelto en la estrechez de otra persona… y entendí que eso lo hacía para no desgarrarme más y sin querer evitarlo sonreí. De alguna forma el youkai se preocupaba por mí…
-- Hiei… ¿puedes soltarme? – pregunté empezando a acostumbrarme al dolor y este desapareciendo paulatinamente. Gruñendo por lo bajo con una llamarada desató las dos ataduras de mis muñecas. – Gracias – dije antes de que con un estremecimiento levantara más las piernas y las pusiera rodeando su cintura.
Este acto hizo que mi youkai soltara un gemido bastante atrayente a mis oídos e hiciese que sonriera otra vez. Ahora había dejado atrás el dolor y otra vez mi sexo clamaba por atención que no dudé en darle al ya tener las manos libres. Hiei me miró con expresión dura antes de comenzar a moverse con furia… mi mundo lógico desapareció con el comienzo de las arremetidas, a veces dadas con fuerza y llegando a puntos placenteros para mí y otras con delicadeza, alternándose para mi suplicio; yo sólo quería llegar al orgasmo… mi cuerpo también se movía, acoplándose a su vaivén e incrementando el placer. Así sólo duramos unos minutos más… mis músculos se tensaron al punto más alto de su clímax y ambos paramos todo movimiento justo antes de por fin tener el preciado alivio.
-- Eso fue espectacular – comenté, aunque después viéndole con recelo al sentir el dolor en mi parte baja y en los lugares donde habían estado sujetado a la cama. – Pero para la próxima vez, por favor, sin ataduras de por medio – dije sintiendo como mis ojos se cerraban por el cansancio y liberando sus caderas. Hiei aún seguía arriba de mí y dentro, pero no tuve la fuerza de pedirle que se retirara… con tal no me molestaba y era toda una nueva experiencia.
-- ¿Próxima vez? – preguntó incrédulo. Yo ya me encontraba en los lindes del mundo del real y del sueño; aún sentía su mirada fija en mi rostro.
-- Por supuesto… a ti no te molesta. Cada vez que quieras… sólo ven…
-- ¿Qué es eso? – ronroneó una voz muy por lo bajo sonriendo y perdiendo las caricias en el largo cabellos rojo de su amante, masajeando la cabeza con suavidad. Una de sus manos las deslizó hacia el pecho desnudo, rozándolo apenas…
-- Mmm – jadeó Kurama disfrutando de ese simple contacto. ¿A su cuerpo no le bastaba?, habían pasado la gran parte del día anterior y de la noche reconociéndose, tocándose; entregándose y poseyendo, teniendo contacto íntimo de todas las formas posibles después de sólo dos semanas separados pero aún reaccionaba como un niño ingenuo y casto a las más simples caricias que le brindaba Hiei.
-- Dime – dijo Hiei sonriendo levemente y separándose completamente dejando al pelirrojo en ascuas. Kurama volteó hacia él dejando de lado unas cuantas hojas.
-- ¿Qué? – preguntó sonriendo y jalando el desnudo cuerpo del jaganshi hasta que se sentó en su regazo, una pierna a cada lado.
Hiei se pegó a su cuerpo en un abrazo cariñoso, pasó los brazos por el cuello y hundió el rostro en el cuello de Kurama unos minutos, sin más intenciones que sentirse en un contacto cálido, sentirse juntos… ¿no?
Sonriendo socarronamente Hiei levantó un poco la cara y hojeó los papeles en las que el kitsune había estado tan centrado unas cuantas horas en vez de descansar para su… ¿round número quinto? Ya había perdido la cuenta. Había hojas de hojas con la letra de Kurama, siendo el título: “Memorias”. ¿Eh?, ¿qué era eso? La curiosidad le ganó así que un rápido movimiento se separó una vez más del pelirrojo y se fue al lado más lejano del cuarto, con los escritos en mano. Kurama al notar eso sonrió y se fue hacia la desordenada cama, sentándose e invitando a Hiei hacer lo mismo. Desconfiado se acercó a Kurama y se puso a leer.
-- ¿Así que es un suplicio quererme? – preguntó en voz baja Hiei leyendo las primeras líneas. Kurama salvó los pocos centímetros que los separaban y dejó un beso suave en la mejilla.
-- Por supuesto, pero eres la mejor tortura que me ha podido tocar… y no sé que haría sin eso.
-- Mmm… – Hiei siguió pasando las hojas. – No sabía que ese fue nuestro primer beso zorro – sonrió pasando distraídamente los dedos por los labios. – Un beso robado… – Kurama sonrió. Había leído lo de Kuronue sin comentar nada… extraño. Hiei soltó una pequeña carcajada.
-- ¿De qué te ríes?
-- Me causa gracia tus celos… ¿pero de Mukuro?, ay kitsune… – murmuró antes de seguir leyendo. – Ah, no cabe duda de que eres un pervertido – sonrió de nuevo.
Sin hacer nada por evitarlo el kitsune le tumbó en la cama y comenzó a besarle los labios con fruición y fuerza hasta que todo el aire en sus pulmones se agotó y se separó. El youkai se incorporó con una leve estela de saliva deslizándose por la barbilla, lo limpió con un dedo mirando fijo al pelirrojo.
-- Bueno, eso es algo que compartimos, ¿no crees? Podría enumerar horas todas las cosas que me has pedido que haga… por ejemplo, ¿te acuerdas de vibrador…?
-- Sí, creo que en algún momento debemos repetirlo, cinco velocidades es buen número – respondió con seriedad, ocultando un sonrojo y una risa que luchaban por mostrarse. Siguió leyendo. – Kurama las últimas están… extrañas… – el Youko rió comenzando a acariciar un muslo descubierto.
-- Escribo bien, ¿no crees?…
-- Reafirmo lo que dije hace tanto: “Nada humilde”… pero la última… mira como me ha dejado – dijo después de luchar un poco contra su orgullo. Kurama confundido bajó la vista al descubierto miembro de Hiei que estaba completamente despierto…
-- Vaya… – susurró el pelirrojo con lujuria. – Así que reaccionas muy bien a la lectura de ese tipo – dijo suplantando las caricias de su mano por la de su lengua en el muslo de Hiei que comenzó a gemir…
Comenzaba el ¿quinto round?…
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«“¿Lo ves? No te pertenecía, sólo era pura apariencia… déjame protegerte de él, no quiero que te hiera dejándote inmerso en un mundo negro y ajeno a ti” Lágrimas contenidas dejaban brillosos los ojos rojos y una sonrisa curvando los labios pálidos. “Maldito Kitsune…”»